miércoles, 16 de mayo de 2018

Mejor no planifiques tanto


Es cierto, pertenecemos a una sociedad en la que cada paso que damos está pensado, planificado y programado con exagerada anticipación muchas de las veces, sin apenas darnos cuenta de que cuando llega el momento del acontecimiento, casi no nos causa ninguna emoción destacable que llevarnos.

Sin embargo, también es posible que alguna vez nos hayamos encontrado con una experiencia no prevista, no pensada ni planificada con tanta antelación como ya acostumbramos, y entonces resulta que la disfrutamos con verdadera intensidad, con los sentidos desbordados ante la enorme sorpresa que nos rodea. Las emociones que se desencadenan junto a las sensaciones son de tal magnitud que se quedan grabadas profundamente hasta el punto de casi dejarnos aturdidos preguntándonos: “¿Y cómo ha podido ocurrir todo esto si yo no lo había organizado para que saliera tan bien como ha salido?” Estas ocasiones son las que suelen quedarse en el recuerdo más reservado, estas son las veces que posteriormente traeremos a nuestras conversaciones reviviéndolas una y otra vez porque las emociones surgidas son las que nos marcan y dejan huella para siempre.


Dedicar tanto tiempo y esfuerzo en preparar algo, puede llegar a desnaturalizarlo o desvirtuarlo, y cuando estamos en el momento de la verdad sólo nos queda la molesta impresión de llevar demasiados días e incluso semanas inmersos en dicha experiencia por lo que ya no resulta tan atractiva ni apetecible como en un primer momento. Uno se ve extrañamente saturado.

Por eso, recomiendo, en un mundo como el de hoy y a esta hora, en lo posible no planificar tanto la vida, las experiencias y los eventos que nos esperan, y aceptar esas ocasiones que a veces se presentan de repente dejando margen generoso a la improvisación, a la sorpresa, a la aventura y permitir a las emociones liberarse, desencadenarse con albedrío para encontrarse con nosotros tranquilamente. Seguro que podemos terminar construyendo algo tan interesante que merezca la pena ser conservado en el baúl de los recuerdos.

miércoles, 4 de abril de 2018

Semana Santa de 2018



Se nos marchó la Semana Santa de este año 2018. Pasó por la ciudad dejando una inconfundible estela de luz e incienso que nos colmó cariñosamente los sentidos como siempre ocurre en la solemne conmemoración primaveral de Cristo nuestro Señor.


El cronista compartió vísperas con los hermanos de la Misericordia en Huelva, en la casa que le abrió generosamente sus puertas años atrás para que aprendiera a recorrer el nuevo camino de su vida.


Posteriormente, en Sevilla, la cofradía seria de las Penas de San Vicente le trajo emotivas memorias a su paso. Aquella tarde, vio pasar rozando ante sus ojos el Traslado al Sepulcro que más hiere la conciencia y el corazón entre los mortales, y allí mismo aparece Santa Marta.


Junto a las viejas murallas del Alcázar volvió a contemplar, como otros años, la eterna lección universitaria de un dulce crucificado que, pareciendo dormido, se deja acunar por su Buena Muerte.



El Miércoles por la mañana visitó en su magno templo los hermosos pasos de la Hermandad de San Bernardo y a los pies del Cristo de la Salud recordó emocionado otros tiempos que tanto le enseñaron. 



Y también volvió a recibir el privilegio de seguir a Jesús Nazareno en la Santa Madrugada de Dios, llevando una escalera para ayudar a que nunca faltara la humilde luz del paso y hacer llegar las oraciones por sus intenciones.


Al siguiente día, cruzaron ante él la Virgen del Mayor Dolor en su Soledad bajo palio de la cofradía de la Carretería, la Soledad de San Buenaventura saliendo de la catedral, Jesús de las Tres Caídas de San Isidoro, y también pudo acompañar en su recorrido el portentoso misterio que representa el paso de la Sagrada Mortaja. Fue muy solemne y hasta estremecedor. Todo empezó a terminarse cuando en el Arenal, reposaba ante él, el Cachorro mirando al cielo de su Padre y posteriormente continuar hasta Triana.



Si Dios quiere, regresará el año que viene a renovar las oraciones y los amores que le inculcaron desde niño por el Señor y su bendita Madre, teniendo presentes a los suyos que ya fueron llamados a su celestial presencia. Amén. 
Laus Deo.

    

jueves, 8 de marzo de 2018

Vísperas (2)


A estas alturas del calendario ya no quedan dudas. Desde que el sacerdote nos dibujó con ceniza de olivo bendecido una cruz en la frente y nos susurró gravemente al oído, “Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris”, los días del almanaque se suceden parsimoniosamente uno detrás de otro con cuentagotas y vamos aprendiendo que todo va quedando más cerca. Estos son los días a modo de prefacio o preludio en que la intensidad de las emociones y el sentimiento irá aumentando paulatinamente de forma espontánea a través de los firmes resortes de nuestra memoria más lejana. Repertorio continuado de evocaciones convergentes en un mismo lugar que nos hará regresar poco a poco del letargo en que el reloj nos ha tenido cautivos durante meses.    


Proemio sinfónico interpretado por la tibieza floreciente del sol acariciando nuestras sienes; el naranjo que reestrena su traje salpicado de níveos azahares; la propina generosa y acompasada de la luz al terminar cada tarde; el perfume de mil y una fragancias conocidas inundando plazas, esquinas y callejones; la ausencia nostálgica de los que nos enseñaron cómo y dónde estar para no perdernos un detalle; una foto sencilla con porte de mujer pregonera asomando a un cartel de tertulia añeja; la ilusión renovada de ansias como si nuestra existencia comenzara verdaderamente esta vez; el gozo de los recuerdos mejor guardados; la impaciencia de quien sabe que lo que se avecina es un volver a nacer; un ensayo nocturno de nobles parihuelas con fantasmas inmóviles ocultos en blancas sábanas; los últimos cultos internos que completan un rosario interminable de triduos, quinarios, novenas y besapiés; un puesto de incienso, carbón y romero del que surgen volutas de humo perfumando los aledaños de una plaza con nombre de pan; un antiguo escaparate con tramos de nazarenos en miniatura bañados con caramelo y más adelante otro con bandejas llenas de torrijas empapadas en vino solera y miel; una banda de vientos metálicos y tambores tronando partituras de siempre al cobijo de los muros pétreos de un puente decimonónico; un Vía Crucis con Dios hecho hombre repartiendo invitaciones a quienes sepan leer los renglones que sólo Él sabe trazar; el vaivén acompasado de afilados capirotes anhelando su estreno en la procesión; la danza anual de las túnicas acudiendo a la lavandería para quedar impolutas; un eterno pregón sin escribir custodiado en el cajón de la más sentida memoria de quien siempre supo que nunca lo podría decir; aquellas manos primorosas dedicadas por entero al trabajo de una saya azul bordada en plata y su amor desmedido por entregar a tiempo la pieza que estrenará un martes por la tarde la vecina más hermosa del barrio de San Bartolomé paseando bajo admirable palio convertido en templo efímero; todo eso y más, llena a rebosar las fechas que anteceden a las jornadas supremas. A esto y más llamamos vísperas sin saberlo, sin saber exactamente de qué hablamos. Porque mientras nos traen puntuales los mensajes que cada año esperamos y les dedicamos tiempo en resolver cómo y de qué manera transcurren, se nos escapan de entre las manos de la misma forma que luego ocurrirá con los días que configuran la verdadera vida de esta ciudad.


Así es. Y cuando concluya este introito de suave melodía y los instrumentos convocados ya estén perfectamente afinados, dará comienzo la más extraordinaria fiesta primaveral que puedan disfrutar los sentidos. Una orquestación de imágenes, sonidos y olores que harán culminar esta sucesión de horas en que pondremos todo nuestro afán para que hasta la última gota de cera cumpla su tarea de iluminar el camino a los que ven y a los que no ven. Ese es el cometido de las vísperas, esa es su misión. Despertarnos cariñosamente y avisarnos entre murmullos de lo que ya sabemos de antemano: que tenemos que preparar, sin prisas pero sin pausas, la conmemoración más solemne del Hijo de Dios, la que nos recuerda cada año que por nosotros se hizo Hombre, bajó a la tierra para padecer, morir en la cruz y al tercer día retornar gloriosamente tras la anunciada resurrección.    

jueves, 25 de enero de 2018

Imagina tú...

Imagina por un momento que de repente se hiciera un silencio de cinco cruces y madrugada oscura en la habitación; imagina también que la luz se volviera tenue y su caricia despertara en tu recuerdo las más ocultas memorias; imagina por un instante que el tiempo pareciera detenerse intransigente a tu alrededor; imagina entonces que alguien te tocara con cuidado poniendo su mano en tus hombros, y que al darte la vuelta azorado, vieras con tus ojos una dulce sonrisa en los de la persona a quien más quieres, a quien más echas de menos cada hora de tu vida. Imagina, si puedes, todo esto un día cualquiera como hoy, imagina...


sábado, 23 de diciembre de 2017

Breve relato navideño



Era fría noche cerrada. En la esbelta torre de la iglesia, las cigüeñas se cobijaban en sus grandes nidos y la luna por fin asomaba en el cielo estrellado. Un joven muchacho con abrigo oscuro regresaba de encontrarse con amigos queridos del alma, amigos que no visitaba hacía mucho tiempo. Caminando por aquel pueblo, sus pasos firmes le llevaron hasta la puerta de una antigua casa que aún guardaba en su memoria más lejana porque era la suya, la de siempre, la que le vio crecer. Antes de cruzar el zaguán, quiso llenarse una vez más del cálido olor a brasero de cisco mezclado con romero que perfumaba la estrecha calle engalanada con blancas fachadas y vistosas rejas en sus ventanas. Sin sospecharlo, creyó por unos segundos que su propia historia volvía a comenzar tal cual una vez la conoció. ¿Quizá estaba siendo así?

Sin dudarlo, entró y fue atravesando lentamente el largo pasillo en penumbra que dejaba habitaciones a ambos lados y que también permitía distinguir la claridad de una estancia muy acogedora al fondo. Según iba acercándose, acudían a su pensamiento decenas de encantadores recuerdos sucedidos desde su infancia en aquella casa. Era delicioso retornar a su primera patria. Finalmente llegó a lo que parecía ser un amplio comedor. Allí su sorpresa fue inmensa al encontrar en el centro una gran mesa familiar en la que no faltaba nada para la cena de Nochebuena. Y sentados alrededor de ella, sus padres y su hermano mayor le aguardaban. Resultaba difícil de creer. Los tres tenían un aspecto admirable y sereno. Vestían con especial esmero para la ocasión, como era costumbre desde que tuviera uso de razón. Pero además notó que les rodeaba una luminosidad inconfundible, lo que le hizo reparar en lo extraordinario del momento. Él no dejaba de contemplarlos extasiado, lleno de ternura y amor mientras ellos le miraban con fijeza muy gratamente complacidos invitándole a que se quedara, como no podía ser de otra forma. Casi no sabía qué decir, pero entonces, dos lágrimas cristalinas cayeron por sus mejillas convirtiéndose en las mejores palabras para aquel trance arrebatador. A cada uno se acercó para abrazar y besar con todo su cariño, sin poder dar crédito a lo que allí estaba viendo con sus propios ojos. Era verdaderamente emocionante reunirse con ellos transcurridos tantos años.


A continuación se acomodó en un butacón junto a la mesa y en aquel preciso instante, de súbito, vino con viveza a su mente la estampa de su mujer junto a sus dos hijos. Se dio cuenta de que no estaban con él, no estaban allí. Le faltaban e inevitablemente todo era diferente sin ellos. Sin embargo, ese recuerdo no pudo traerle amarga tristeza, porque estaba felizmente seguro de que se encontraban amparados y acompañados, lo sabía con certeza. Al contrario, sintió que su corazón se llenaba de júbilo y sosiego porque también sabía que muy pronto volverían a estar juntos de nuevo como antaño. Nada lo podría evitar. Sólo tenía que esperarles lo necesario. Todo llegaría y todo se cumpliría. En cualquier caso, la impaciencia no tenía cabida allí porque el tiempo se había vuelto relativo, sin principio ni final. Miró entonces agradecido a su madre y a su padre, y después sonrió con satisfacción a su hermano. Todo estaba bien así. Y así seguiría siendo aquella primera Navidad en los gozos celestiales de la eternidad.